Recientemente me tropecé en las redes sociales con un ensayo titulado "Pensar es un nuevo lujo". El ensayo fue publicado por el periódico The New York Times. El artículo fue publicado el 30 de julio de 2025 y fue escrito por Mary Harrington.
A grandes rasgos el texto plantea que la lectura profunda y el pensamiento sostenido se han convertido en un lujo en la era digital.
El título es en sí mismo evocador y, a la vez, revelador de nuestro tiempo. Como docente universitario el título llamó mi atención y me impulsó a analizar el contenido de dicho artículo.
El título me pareció que no es una mera frase periodística; que avanza hacia un diagnóstico sociocultural que merece una reflexión en varias dimensiones.
El titular postula una inversión de valores: algo que por naturaleza debería ser universalmente accesible como es el acto de pensar y la facultad de la razón y ahora vemos que estas se elevan a la categoría de "lujo".
Si lo vemos desde la perspectiva económica y social, un lujo es algo escaso, deseado y que confiere distinción a quien lo posee.
Si pensar se percibe como un lujo, implica que la oportunidad y la capacidad de hacerlo se han vuelto raras. ¿Por qué la escasez?
La constante avalancha de datos (infointoxicación), de notificaciones y de noticias en las redes sociales saturan la atención, la cual es uno de los prerrequisitos del pensamiento profundo. El cerebro se mantiene en un estado de hiperactividad superficial, lo que el filósofo surcoreano Byung-Chul Han describe como la "sociedad del cansancio", donde la superficialidad desplaza a la contemplación.
La superficialidad a través de la inmediatez y la productividad sin objeto aniquilan el tiempo muerto o el ocio contemplativo tan necesario para la reflexión como pensamiento lento y concentrado.
Quienes logran sustraerse al ruido, desconectarse y ejercitar la razón crítica obtienen una ventaja o una "riqueza" que no es material, sino intelectual y existencial. El pensador reflexivo se distingue del mero "consumidor" de información.
Por otra parte, desde una perspectiva política y ética, el titular del artículo bajo análisis es una llamada de atención sobre la pérdida de la autonomía individual.
En la plaza pública digital, la "opinión" de los influencers ha reemplazado al "pensamiento". La opinión es una reacción rápida, emocional, a menudo prefabricada o repetida. El pensamiento, en contraste, es una dinámica deliberada, ardua, que implica la duda, la contradicción interna y la síntesis.
Si pensar es un lujo, acaso esto significa que la mayoría se conforma con la comodidad de no pensar, de delegar el análisis en algoritmos o influencers de la opinión.
El verdadero lujo aquí es la libertad de formar una convicción propia, no impuesta. Es la capacidad de decir "no" a la simplificación y a la polarización.
El título "Pensar es el nuevo lujo" no es una celebración, sino un lamento o preocupación que aturde principalmente a los educadores. La ausencia de pensamiento crítico y la capacidad para desentrañar información de manera profunda podrían llevarnos a ser más susceptible a la desinformación, a los fakenews y a la manipulación, debilitando, a su vez, los fundamentos mismos de la institución universitaria.
¿Implica esto que estamos viviendo en una sociedad donde la condición primordial del ser humano así como su capacidad racional se ha convertido en un privilegio al que solo se accede mediante un esfuerzo consciente y una renuncia al modus vivendi dominante?
Como docente universitario, sostengo que si el pensamiento se ha convertido en un lujo, entonces nuestro deber ético y social más urgente es democratizar este lujo. El pensamiento no debe ser una prerrogativa de una élite, sino el fundamento de la ciudadanía. Requerimos una nueva ética de la atención, de la reflexión y de una heutagogía que rescate la lentitud y el silencio como espacios esenciales para una "verdadera" libertad cognitiva.
Dr. Alberto Rojas
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